Ana disfrutaba de los crucigramas diarios del periódico, pero solía abandonar la mayoría antes de terminar porque las pistas la confundían y el tiempo se le escapó. Decidió registrar sus partidas, anotando las palabras desconocidas y el tiempo invertido en cada sección, con la intención de detectar patrones de dificultad y áreas de vocabulario que necesitaba reforzar. Además, comparó sus resultados con los de amigos que resolvían con mayor rapidez, buscando diferencias en sus enfoques.
Tras varios días de observación, Ana identificó tres puntos críticos: un uso limitado de sinónimos, la dependencia de la posición de la casilla sin explorar cruces potenciales y la falta de un método para priorizar pistas largas. Decidió experimentar con distintas estrategias, como expandir su lista de palabras frecuentes, aplicar técnicas de cruce antes de buscar definiciones y establecer un límite de tiempo por sección para mantener la presión cognitiva adecuada.